lunes, 20 de febrero de 2017

La educación: una contradicción de la ciencia moderna


Se sabe que el ser humano es resultado de tres variables fundamentales: la genética, el entorno y el azar. Lo que se ignora es en qué proporciones. La Educación, resultado de un complejo sistema de variables, se asemeja a algo parecido.

Por el momento, poco puede hacerse sobre los genes que heredamos, aunque la ciencia genética avanza cada día más para tratar de incidir en ellos. La belleza o la inteligencia no están reguladas por un único gen y el terreno de la mejora genética, a pesar de su imparable avance, es todavía un camino de largo recorrido antes de poder encargar un bebé con el cerebro de Einstein.

Sobre el azar, todavía puede hacerse menos, es un tema más peliagudo. Podemos afinar, gracias a programas de computación, ciertos datos que nos adelanten con mayor margen de tiempo, y en consecuencia de prevención, la llegada de un terremoto o la caída de meteoritos en la Tierra pero no que un alumno que aparece con una ballesta en el colegio asesine a un profesor que intenta detener su macabro juego.

En genética o en azar, se trata pues, de anticipar la realidad cuando ésta puede devenir nefasta a los intereses humanos pero no sucede así con la educación. Ahora, muchos se empeñan en convertir las clases magistrales (aquello que puede modificar positivamente nuestro entorno) en series virtuales de videojuegos apelando a la innovación tecnológica y ninguneando el saber acumulado. Dicen que así los niños son más felices.

Está comprobado que el ser humano es capaz, pese a su predisposición genética o su destino azaroso, de mejorar un ambiente adverso para superarlo, eso en parte se logra a través del pensamiento crítico, ergo con educación. Y, justamente en este tema, se anima a lo contrario de lo que sucede en genética o en computación; es decir, que ahora parece que prever que las personas piensen más y con ello superen su herencia genética y se protejan de nefastos hechos azarosos es cosa del ayer, algo rancio.

Nos sirven la moda de que innovar es cargarse el pasado, cuando en realidad la innovación y el avance pasan por la asimilación, la integración y la superación del mismo, nunca por su anulación. Los “magos” del nuevo sistema educativo que amenaza Europa se resisten a que mejoremos la comprensión de la realidad y con ello abocan a las nuevas generaciones a un destino peor que el que en suerte les ha tocado. Qué le vamos a hacer.


Defiendo las minorías, en privado






Defiendo a las minorías porque están condenadas a nadar contracorriente. Lo masivo siempre resulta cómodo y fácil pero aburrido y poco alentador.

Intento acercarme todo cuanto puedo a eso que llaman verdad a través del pensamiento lógico y me merece más respeto la ciencia que la política.

Prefiero la filosofía socrática del “sólo sé que nada sé” a los modernos sofistas que aparecen en las tertulias de televisión para adoctrinar sobre cómo debemos pensar.

Considero que el mundo que nos ha tocado guarda estrechas relaciones con nuestros antepasados, en lo creativo y en lo destructivo pero me temo que en la actualidad nos acercamos más a lo segundo.

Me entristece la falta de honestidad en el ser humano y me repugna cuando se acompaña de egoísmo, de envidia, de traición o de arrogancia.

Admiro a las personas valientes, las que no se rebajan frente al poder de turno y saben alzar su voz de una manera inteligente y educada, sabiéndose modestas y sin pretender salir en las portadas de una operación triunfo mediática que ya dura demasiado.

Pienso que la realidad es compleja y que nadie tiene la llave de nada pero a menudo, en privado, me reconforta ir tras ella para encontrar alguna respuesta y no perecer sabiendo que nada hice por comprender qué había tras las máscaras.


Por lo demás, soy una de esos miles de periodistas que trabajan para las minorías y este es mi pequeño rincón desde el que pretendo compartir sus éxitos (o sus errores).

Eso, sí, siempre en privado.